on April 7, 2010 by Padrino in Escritos, Comments (0)
San Anastacio el Suelto
Anastasio corría, corría tanto que tropezó para darse cuenta que la vida era una verdadera mierda.
-¡Mierda!- atestaba, rezaba, auguraba, insinuaba, besaba e incluso ansiaba al unísono de su cántico perfecto, -¡Mierda!- repetía sin dejar de correr.
La mierda es dinero ostentaba su abuela, canosa, olvidada y vieja. La mierda-susurraba irónicamente-, la mierda lo es todo querido Anastasio.
La vida apesta, como la mierda misma, gritaba, aseveraba y constataba el corredor de calles, parques, plazuelas y avenidas. Corriendo siempre, pisando mierda, intentando comprenderla y escuchando en sus adentros las -quizás- sabias palabras de su loca abuela, cansada, aturdida y lisiada.
La mierda, hijo mío, es con lo que nos hizo dios, no era barro, era excremento. Y de un suspiro, además de un flato, la abuela sucumbió ante las garras de una negra y espantosa calavera que se llevó a la tiesa, apestosa y dramática abuela.
Anastasio, dolido, lloró a lo largo de su carrera diaria, cruzando llanos, terrenos y bosques, atajos, callejones y empedrados, barrios, colonias y kioskos, veredas, cuestas y jardines, lo recorrió todo para darse cuenta que la vida era una mierda, como todos, porque dios nos hizo de caca, y la caca es dinero y por lo tanto, -concentrándose en un gran mojón de perro- todos, todos valemos oro.
Su abuela, espiritualmente activa y con los poderes competentes de una anciana celestial, conmocionada por el aprendizaje de Anstacio, dejó caer una divina mierda de paloma sobre el rostro de su nieto. ¡Somos oro abuela, somos oro! gritaba el palurdo embarrado hasta las orejas de un santísimo desecho aviar.
-Corre Anastacio, corre de nuevo- gritó su abuela, y en los terregales, las playas, las autopistas y los maizales, se escuchaba de nuevo y a todo pulmón el grito de Anastacio Marrón de la Colina -La mierda es oro, somos mierda, la mierda es oro, somos mierda…-
Mierda eres y en mierda te convertirás susurraba un sacerdote tras corroborar el milagro de Anastacio y su difunta, santificada, venerada y bien rezada abuela. La tradición dice que el elegido debe correr y cagar al mismo tiempo, mientras los fieles pisan chorizos y cantan plegarias a San Anastacio el Suelto, para que bendiga al pueblo con abundancia, prosperidad y salud.
Se recorren planicies, valles y montañas, cagando, gritando, corriendo, cantando y alabando al Santo que nunca dejó de creer que la vida era una reverenda mierda.
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